Me encuentro frente a una especie de mezquita-iglesia grande, columnada; tiene un atrio frente a una puerta que resulta ser un altar, sede de la cátedra de un príncipe de la iglesia, donde ministra junto a su cabildo.
Andando hacia oriente veo que me encuentro con un mausoleo funerario, en lo que podríamos decir que es un cementerio; éste está poderosamente guarnecido de las intemperies y grandes tempestades que sobre él se abaten; en el cual, sobre un rincón, me siento muy seguro y protegido. Su dueño, un anarquista, me convence con justificaciones para que abandone este lugar seguro y protegido, explicándome a la vez el esfuerzo que él mismo ha hecho durante su vida para conseguir tal morada, muy cuidada en adornos, detalles y robustez, y en la que yace muy segura su amada.
Pero después de un esfuerzo y de audacia, con valentía, es como me enfrento al desapacible espacio que trayecto entre dicho lugar y el primero en que anteriormente había estado. De nuevo en su puerta veo que se prepara un oficio religioso, ministrado por el obispo que al principio me refería y que a mi me trata como si yo fuera conocido suyo, de una forma especial, “eso si”, invitándome a pasar para asistir al acto religioso que allí se prepara. Una fuerza especial me hace negarme a entrar dentro del edificio, en donde puedo ver que hay como asistencia una gran multitud de gente prestos a escuchar en pie el oficio. El edificio es grande y no queda cubierto por la muchedumbre de personas, sólo ocupan una mínima parte alrededor del estrado del altar, que cubre toda la portada del edificio en su parte de dentro, dejando márgenes a los lados a través de los cuales es como puedo ver estas cosas que relato.
El obispo, después de mi negativa a pasar, decide entrar al recinto, que sólo supone el penetrar sus enormes portones. Oficiará allí mismo, va revestido con capa fileteada en púrpura y sombrero de ala ancha rojo, con gafas de montura negra al igual que sus ojos, negros muy penetrantes. Entrando en el recinto ocupa el sitio correspondiente y oficia de espaldas a la gente, pero dejándose traslucir de frente adonde yo me encuentro.
De pronto, antes de empezar el oficio, una joven mujer de rasgo oriental, yo diría china o más bien japonesa, de gran belleza dentro de los cánones de su raza, confirmo que muy hermosa, se acerca, traspasa el portón y se dirige al lugar de la epístola, donde inmediatamente es atendida por el prelado que se inclina hacia ella, veo asomar su cabeza y la mitad de su cuerpo. Ella le muestra, acercándoselo en alto, un libro grande que él recoge para leer algo a la vez que intercambian un diálogo en palabras o idioma que yo no entiendo aunque estoy muy cerca.
El obispo me dice:
─¿Ves?, esta mujer es pintora, como tú.
Yo, muy cerca de ella, la miro muy seriamente, también ella me mira a mi. Porta en sus brazos a un hijo como de un año, no nos podemos hablar, no entiendo su idioma, aunque si su dulce expresión cuando me gesticuliza y me mira. Confía hasta el punto de entregarme en mis brazos a su hijo.
El obispo interfiere diciéndome:
─¡Cógelo!
Mientras, esta mujer pasa y contempla el resto del edificio que no es ocupado por los asistentes y que resulta ser un museo de pinturas “clásicas”.
Con el niño en mis manos yo veo cómo la mujer ha pasado y recorre todo el edificio fijándose en las pinturas, lleva su libro en las manos y a veces atisbo, desde mi posición afuera, que lo abre como si fuera el folleto explicativo de las mismas obras de arte que ella contempla pausadamente a la vez que controla como va marchando el oficio religioso que simultáneamente se va realizando.
Desde fuera contemplo y dudo sobre el niño que me han confiado. ¿A quién atribuirán su paternidad?, ¿acaso será a mi?
De pronto el prelado, que adivina mis dudas, me dice, interrumpiendo su oficio y asomando otra vez la mitad de su cuerpo:
─¡Cómetelo!
Yo dudo pero, impaciente, aturdido... ante la flema de la madre y el miedo de mis dudas paternales, comienzo a comerlo en mis manos, sobre una especie como de bandeja, pero es una superficie tablada y blanca. Poco a poco voy comiéndomelo hasta que he comido algo más de la mitad de su cuerpo, cuando sale su madre. La mujer me mira con una dulzura y una templanza increíble y muy serena. Me mira, no dice nada, pero me mira. ¡Se ha comido mi hijo!, parece querer clamar al prelado.
Ya no me encuentro delante de la puerta sino algo escorado hacia la esquina que mira al oriente; donde sobre dicho muro, a través del hueco de una ventana, asoma el cuerpo del prelado, también se deja ver su cabildo. Haciendo de juez nos contesta a mí y a ella, parece querer hacer justicia.
¡Se lo ha comido! desconcertada, meditabundamente dolida, sufrida, pero con su clásica dulzura, la mujer no dice nada, está junto a mí. Yo siento miedo y remordimiento, soy un dragón, un Saturno, una Hidra roja.
Pienso en mis adentros, no tengo tal fondo pero lo he hecho.
Estoy frente al ventanal en plena calle, a mi lado izquierdo está mi pueblo, junto a mí su alcalde que, quemándose en un fuego abrasador, me acusa; a mi derecha, también junto a mí, la mujer contemplándome con tal dulzura que la misma me acusa cuando dirige su mirada al prelado que está asomado al ventanal y que exclama:
─¡Qué haremos con este hombre que, a pesar de sus buenas intenciones, se ha comido tu hijo! ¿Le tenemos que condenar?
Y por mi pasa la angustia de la condena y el remordimiento, me siento culpable de un desliz dentro de todo un existir ejemplar.
El prelado dice:
─¿Qué hacemos con este hombre?
Yo pienso en mi culpa imperdonable, aunque él me ha incitado.
El veredicto del obispo junto a su cabildo termina sin pronunciarse por nada.
El gesto de la mujer, dentro de su dolor, frente a mí, es perdonativo.
¿Cuál es el tuyo, que lees esto?